Hacerse
como niños para disfrutar la Navidad
Así hablan
los ángeles noche de la primera Navidad:
“No teman. Miren que vengo a anunciarles una gran
alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de
David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor” (Lucas 2, 8).
Es la noticia más importante de todos los tiempos. Es
el punto de inflexión de la historia. Después de milenios de oscuridad, por fin
tenemos quien nos lleve a la luz. Después de siglos de luchar sin éxito contra
el mal, por fin tenemos las armas de la victoria: la gracia de nuestro Señor
Jesucristo (Cfr. Rom 6, 9).
Pero detengámonos en la escena: ¿a quién hablan los
ángeles en esta noche sublime? A unos pastores que dormían a la intemperie
cuidando al rebaño. Hombres sin estudios, más bien rudos y mal vistos por los
que se preciaban de cumplir la Ley de Moisés hasta la última letra.
¿Por qué los elige Dios para comunicar las primicias
de la Buena Nueva? Por ahora no sabemos. Será el mismo Jesús quien lo explique
treinta años después: “En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo,
Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los
sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue
tu beneplácito” (Mateo 11, 25 – 26).
La respuesta parecer ser: “A Papa Dios le agrada la
gente sencilla y a ellos les revela sus secretos y con ellos comparte sus
alegrías”. Así, para entender lo que sucede en Navidad y compartir la alegría
de Dios, es fundamental hacernos pequeños.
Por su puesto que no se trata de adoptar actitudes
infantiles, posturas artificiales. Se trata más bien de un esfuerzo interno por
descomplicarnos, destruir nuestros montajes para aparecer grandes ante los
demás y ganar su favor o su servicio. Más aun, se trata de hacernos servidores
de los demás. “Si entienden esto y lo ponen en práctica serán dichosos”. Así lo
prometió Jesús a sus discípulos la noche antes de morir (Juan, 13, 17).
Viendo a los pastores correr aquella Noche, llenos de
alegría para ver al Niño ¿no nos da envidia esta alegría que parece escaparse
de nuestras manos, de nuestras vidas? Hacerse pequeños delante de Dios no es
sólo la condición para disfrutar la Navidad, el Niño mismo la promulga como
requisito para la vida eterna: “En verdad les digo: si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán
en el reino de los cielos” (Mateo 18, 3).
La Navidad es un buen momento para meditar delante del
Nacimiento y, en esa luz, examinar en profundidad nuestras vidas ¿No es verdad
que nos complicamos más de la cuenta con ambiciones, deseos materiales o de
poder, viejos rencores o frustraciones del orgullo herido?
Y si acaso contempláramos un panorama más bien
sombrío, no olvidemos el anuncio de los ángeles: “No teman, pues vengo a
anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”. La alegría de
la Navidad es para todos: para los sencillos de corazón y también para los
soberbios que luchan en serio por ser humildes.
Marcos Pantin, 8 de diciembre de 2014.