domingo, 7 de diciembre de 2014

Hacerse como niños para disfrutar la Navidad
Así hablan los ángeles noche de la primera Navidad:
“No teman. Miren que vengo a anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor” (Lucas 2, 8).
Es la noticia más importante de todos los tiempos. Es el punto de inflexión de la historia. Después de milenios de oscuridad, por fin tenemos quien nos lleve a la luz. Después de siglos de luchar sin éxito contra el mal, por fin tenemos las armas de la victoria: la gracia de nuestro Señor Jesucristo (Cfr. Rom 6, 9).
Pero detengámonos en la escena: ¿a quién hablan los ángeles en esta noche sublime? A unos pastores que dormían a la intemperie cuidando al rebaño. Hombres sin estudios, más bien rudos y mal vistos por los que se preciaban de cumplir la Ley de Moisés hasta la última letra.
¿Por qué los elige Dios para comunicar las primicias de la Buena Nueva? Por ahora no sabemos. Será el mismo Jesús quien lo explique treinta años después: “En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue tu beneplácito” (Mateo 11, 25 – 26).
La respuesta parecer ser: “A Papa Dios le agrada la gente sencilla y a ellos les revela sus secretos y con ellos comparte sus alegrías”. Así, para entender lo que sucede en Navidad y compartir la alegría de Dios, es fundamental hacernos pequeños.
Por su puesto que no se trata de adoptar actitudes infantiles, posturas artificiales. Se trata más bien de un esfuerzo interno por descomplicarnos, destruir nuestros montajes para aparecer grandes ante los demás y ganar su favor o su servicio. Más aun, se trata de hacernos servidores de los demás. “Si entienden esto y lo ponen en práctica serán dichosos”. Así lo prometió Jesús a sus discípulos la noche antes de morir (Juan, 13, 17).
Viendo a los pastores correr aquella Noche, llenos de alegría para ver al Niño ¿no nos da envidia esta alegría que parece escaparse de nuestras manos, de nuestras vidas? Hacerse pequeños delante de Dios no es sólo la condición para disfrutar la Navidad, el Niño mismo la promulga como requisito para la vida eterna: “En verdad les digo: si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mateo 18, 3).
La Navidad es un buen momento para meditar delante del Nacimiento y, en esa luz, examinar en profundidad nuestras vidas ¿No es verdad que nos complicamos más de la cuenta con ambiciones, deseos materiales o de poder, viejos rencores o frustraciones del orgullo herido?
Y si acaso contempláramos un panorama más bien sombrío, no olvidemos el anuncio de los ángeles: “No teman, pues vengo a anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”. La alegría de la Navidad es para todos: para los sencillos de corazón y también para los soberbios que luchan en serio por ser humildes.

Marcos Pantin, 8 de diciembre de 2014.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

A 362 años de las apariciones de la Virgen de Coromoto.

El 11 de septiembre Venezuela celebra un nuevo aniversario de las apariciones de la Virgen al indio Coromoto.
En dos ocasiones se ha aparecido la Virgen María en Latino América en forma corporal: en 1531 a Juan Diego en México y en 1652 a Coromoto, cacique de los indios Cospes en Venezuela.
La Virgen se le aparece al indio y le dice en su propia lengua: “Vayan a casa de los blancos y pídanles que les eche el agua en la cabeza para poder ir al Cielo”. Coromoto obedece a la Señora y en poco tiempo varios indígenas de su tribu reciben la catequesis y el bautismo. Pero Coromoto se resiste a bautizarse. La “Bella mujer y su niño” se aparecen a la puerta del bohío estando adentro Coromoto y su familia. El indio intenta agarrar a la Virgen para sacarla fuera de la casa. Del encuentro queda en la mano de Coromoto la imagen de la Virgen que hoy se venera en el Santuario de Guanare.

En Marzo de 2009 se sometió a la imagen a un cuidadoso proceso de conservación. Se comprobó su autenticidad y algunas cualidades extraordinarias análogas a la imagen de Guadalupe, según testifica uno de los restauradores Pablo Enrique González.

jueves, 14 de julio de 2011

Full vacía.


Mientras almorzaba en La Feria me llegó desde otra mesa esta frase perdida:
–“… y es que ahora me siento full vacía…”
De entrada me impactó la contradicción literal que existe entre estar full y vacío al mismo tiempo.
¿Capaz que esa chama estaba almorzando puro aire? Esa dieta, de pana, no la conozco…
Sin embargo, el sentido real de la frase era cristalino: ¿Quién no ha experimentado la tristeza –el vacío– de haberse esforzado mucho por algo que, al final, no llena las expectativas?
Sin embargo, pienso que este no es el caso más grave. Peor es cuando nos empeñamos en llenarnos de cosas o de actividades con la idea de disfrutar, de estar contentos. Pero por lo genral, al final de este esfuerzo terminamos más vacíos y solos que al comienzo.
Todos queremos ser felices.
La confusión comienza cuando nos empeñamos en serlo. Y peor aun, cuando le exigimos a la vida o le imponemos a los demás nuestro suspuesto derecho a ser felices.
Resulta imposible que quien se empeñe en ser feliz logre serlo de verdad. Así como el que hace un gran esfuerzo por dormir, no logra conciliar el sueño la noche antes de un examen.
La felicidad se va haciendo realidad, pero no cuando nos centramos en lo que nos complace, sino cuando vamos en otra dirección que, como resultado, nos llenará de felicidad casi como sin darnos cuenta.
Por ejemplo, ¿quién no ha experimentado la profunda verdad de lo que dijo Jesús: “hay más felicidad en dar que en recibir”? (Hechos, 20, 35).
Estamos full contentos cuando nos empeñamos en hacer felices a los demás. Mira cómo lo decía Juan Pablo II “El hombre no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo. Esto podría parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa paradoja de la existencia humana” (JP II, Carta a las Familias, n. 11).
Así, si alguna vez nos sentimos un poco llenos de vacío, preguntémonos si acaso no hemos estado demasiado empeñados en lo propio nuestro y nos hemos olvidado de darnos a los demás