Maracaibo en Navidad
Te toma por sorpresa.
Fantástico mi Planeta
De las vivencias a las ideas.
viernes, 8 de noviembre de 2019
domingo, 7 de diciembre de 2014
Hacerse
como niños para disfrutar la Navidad
Así hablan
los ángeles noche de la primera Navidad:
“No teman. Miren que vengo a anunciarles una gran
alegría, que lo será para todo el pueblo: hoy les ha nacido, en la ciudad de
David, el Salvador, que es el Cristo, el Señor” (Lucas 2, 8).
Es la noticia más importante de todos los tiempos. Es
el punto de inflexión de la historia. Después de milenios de oscuridad, por fin
tenemos quien nos lleve a la luz. Después de siglos de luchar sin éxito contra
el mal, por fin tenemos las armas de la victoria: la gracia de nuestro Señor
Jesucristo (Cfr. Rom 6, 9).
Pero detengámonos en la escena: ¿a quién hablan los
ángeles en esta noche sublime? A unos pastores que dormían a la intemperie
cuidando al rebaño. Hombres sin estudios, más bien rudos y mal vistos por los
que se preciaban de cumplir la Ley de Moisés hasta la última letra.
¿Por qué los elige Dios para comunicar las primicias
de la Buena Nueva? Por ahora no sabemos. Será el mismo Jesús quien lo explique
treinta años después: “En aquel tiempo exclamó Jesús diciendo: Yo te alabo,
Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los
sabios y prudentes, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, pues así fue
tu beneplácito” (Mateo 11, 25 – 26).
La respuesta parecer ser: “A Papa Dios le agrada la
gente sencilla y a ellos les revela sus secretos y con ellos comparte sus
alegrías”. Así, para entender lo que sucede en Navidad y compartir la alegría
de Dios, es fundamental hacernos pequeños.
Por su puesto que no se trata de adoptar actitudes
infantiles, posturas artificiales. Se trata más bien de un esfuerzo interno por
descomplicarnos, destruir nuestros montajes para aparecer grandes ante los
demás y ganar su favor o su servicio. Más aun, se trata de hacernos servidores
de los demás. “Si entienden esto y lo ponen en práctica serán dichosos”. Así lo
prometió Jesús a sus discípulos la noche antes de morir (Juan, 13, 17).
Viendo a los pastores correr aquella Noche, llenos de
alegría para ver al Niño ¿no nos da envidia esta alegría que parece escaparse
de nuestras manos, de nuestras vidas? Hacerse pequeños delante de Dios no es
sólo la condición para disfrutar la Navidad, el Niño mismo la promulga como
requisito para la vida eterna: “En verdad les digo: si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán
en el reino de los cielos” (Mateo 18, 3).
La Navidad es un buen momento para meditar delante del
Nacimiento y, en esa luz, examinar en profundidad nuestras vidas ¿No es verdad
que nos complicamos más de la cuenta con ambiciones, deseos materiales o de
poder, viejos rencores o frustraciones del orgullo herido?
Y si acaso contempláramos un panorama más bien
sombrío, no olvidemos el anuncio de los ángeles: “No teman, pues vengo a
anunciarles una gran alegría, que lo será para todo el pueblo”. La alegría de
la Navidad es para todos: para los sencillos de corazón y también para los
soberbios que luchan en serio por ser humildes.
Marcos Pantin, 8 de diciembre de 2014.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
A 362 años de las apariciones de la Virgen de Coromoto.
El 11 de septiembre Venezuela celebra un nuevo aniversario de las
apariciones de la Virgen al indio Coromoto.
En dos ocasiones se ha aparecido la Virgen María en Latino América en
forma corporal: en 1531 a Juan Diego en México y en 1652 a Coromoto, cacique de
los indios Cospes en Venezuela.
La Virgen se le aparece al indio y le dice en su propia lengua: “Vayan a casa de los blancos y pídanles que
les eche el agua en la cabeza para poder ir al Cielo”. Coromoto obedece a
la Señora y en poco tiempo varios indígenas de su tribu reciben la catequesis y
el bautismo. Pero Coromoto se resiste a bautizarse. La “Bella mujer y su niño” se
aparecen a la puerta del bohío estando
adentro Coromoto y su familia. El indio intenta agarrar a la Virgen para
sacarla fuera de la casa. Del encuentro queda en la mano de Coromoto la imagen
de la Virgen que hoy se venera en el Santuario de Guanare.
En Marzo de 2009 se sometió a la imagen a un cuidadoso proceso de
conservación. Se comprobó su autenticidad y algunas cualidades extraordinarias
análogas a la imagen de Guadalupe, según testifica uno de los restauradores
Pablo Enrique González.
jueves, 14 de julio de 2011
Full vacía.
Mientras almorzaba en La Feria me llegó desde otra mesa esta frase perdida:
–“… y es que ahora me siento full vacía…”
De entrada me impactó la contradicción literal que existe entre estar full y vacío al mismo tiempo.
¿Capaz que esa chama estaba almorzando puro aire? Esa dieta, de pana, no la conozco…
Sin embargo, el sentido real de la frase era cristalino: ¿Quién no ha experimentado la tristeza –el vacío– de haberse esforzado mucho por algo que, al final, no llena las expectativas?
Sin embargo, pienso que este no es el caso más grave. Peor es cuando nos empeñamos en llenarnos de cosas o de actividades con la idea de disfrutar, de estar contentos. Pero por lo genral, al final de este esfuerzo terminamos más vacíos y solos que al comienzo.
Todos queremos ser felices.
La confusión comienza cuando nos empeñamos en serlo. Y peor aun, cuando le exigimos a la vida o le imponemos a los demás nuestro suspuesto derecho a ser felices.
Resulta imposible que quien se empeñe en ser feliz logre serlo de verdad. Así como el que hace un gran esfuerzo por dormir, no logra conciliar el sueño la noche antes de un examen.
La felicidad se va haciendo realidad, pero no cuando nos centramos en lo que nos complace, sino cuando vamos en otra dirección que, como resultado, nos llenará de felicidad casi como sin darnos cuenta.
Por ejemplo, ¿quién no ha experimentado la profunda verdad de lo que dijo Jesús: “hay más felicidad en dar que en recibir”? (Hechos, 20, 35).
Estamos full contentos cuando nos empeñamos en hacer felices a los demás. Mira cómo lo decía Juan Pablo II “El hombre no puede encontrarse plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo. Esto podría parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y maravillosa paradoja de la existencia humana” (JP II, Carta a las Familias, n. 11).
Así, si alguna vez nos sentimos un poco llenos de vacío, preguntémonos si acaso no hemos estado demasiado empeñados en lo propio nuestro y nos hemos olvidado de darnos a los demás
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